 Las notas de alguna de las cientos de partituras rescatadas del sueño eterno en templos y catedrales ponen fondo musical al espacio dedicado a Las Edades del Hombre.
Comienza por un corredor que tiene a un lado las portadas de libros y catálogos y al otro, una instalación audiovisual, pared con ventanas que acogen las imágenes en movimiento de las doce exposiciones organizadas hasta ahora por la Fundación.
Algunas de esas obras de arte, como la tabla de Pedro Berruguete 'Los pretendientes de la Virgen', de 1485-1490; la 'Biblia políglota complutense', 1514-1517; 'La Virgen con niño', un alabastro de Diego de Siloé fechado a comienzos del siglo XVI, o un 'Ecce Homo' realizado por Gregorio Fernández en 1610, muestran después al visitante la extraordinaria riqueza iconográfica de la región.
Este espacio debe ser, por tanto, -aunque cualquier otro es igualmente válido- el comienzo del recorrido de la exposición 'XX años de los Premios Castilla y León', que acoge la Iglesia del Monasterio de Nuestra Señora de Prado de Valladolid, ya que nada mejor que asomarse al pasado para poder comprender el arte actual de una comunidad que tiene el más extraordinario patrimonio histórico.
Un excelente montaje que ha aprovechado las características de la sala para dividir la exposición en espacios dedicados a cada uno de los galardonados que, a su vez, dialogan entre ellos, ofrece al visitante la posibilidad de seguir sus trayectorias a través de la selección de las obras expuestas. La mayoría de las piezas, además, han salido de museos, fundaciones y colecciones de toda la región.
Así, después de Las Edades del Hombre, que recibieron el Premio Castilla y León de las Artes en 1992, están, ya en la nave central, dos escultores que han obtenido el galardón, Baltasar Lobo, que lo compartió en 1985 con el músico Antonio Baciero, y Venancio Blanco, galardonado en el 2001, año en el que hizo las tres piezas dedicadas a Adán y Eva que acoge la muestra. Forman una atractiva secuencia que comienza con el encuentro y acaba con la expulsión del Paraíso. Enlazan con el cisne de 1969, 'El reposo con libro' o el toro y el caballo que acercan la obra del artista salmantino de la línea y los vacíos activos.
Junto a él, Baltasar Lobo, el zamorano que maduró en París obligado por el exilio y que ha pasado ya a la historia como uno de los grandes escultores del siglo XX. Su mujer sentada o la curiosa ciclista de comienzos de los cuarenta evolucionan en la muestra hacia las formas redondas de sus torsos, al tiempo que el bronce se convierte en mármol.
Junto a ellos, en una capilla, Juan Manuel Díaz Caneja, el pintor que inauguró la lista de premiados en 1984. Entre las obras seleccionadas están, por supuesto, ejemplos de sus pueblos en grises o de sus tapias blancas, pero también aparecen una colorista composición de 1927, un bodegón con el desayuno del obispo, o una 'Verónica' de 1946 en la que las tonalidades han comenzado ya a aclarase y los trazos a simplificarse.
Otro pintor, José Sánchez Carralero, galardonado en 1995, aparece representado por cuadros de los últimos años, como 'Toledo visto desde el puente de San Martín' , 'Cazorla tras la tormenta' o 'Por tierras de Valladolid, juego de manchas expresionistas llenas de color que contrastan con la atmósfera intimista de 'Mi familia', un óleo de 1959.
El paseo de Canalejas de Salamanca en 1935, unos álamos negros, la ventana cegada, el cementerio o el hombre del saco, demuestran que José Núñez Larraz, premiado en 1991, fue uno de los más grandes fotógrafos españoles, capaz de devolvernos con sus imágenes una realidad que ya no existe.
En otra capilla está Esteban Vicente, galardonado en 1997, y, junto a sus maravillosos cuadros abstractos llenos de color, aparece, como una pequeña sorpresa para los que no hayan visitado el museo de Segovia, 'Paisaje con sombrilla roja', un óleo figurativo de 1931.
Desde la plaza de toros de Pradoluengo, figurativa y cromática, paso Luis Sáez, 1990, a la abstracción matérica, que le llevó a sus pinturas más características, esos objetos acumulados en aparentes desvanes que están entre el juguetes y el aparato de tortura y que producen una gran inquietud a pesar de las alegres tonalidades con que se presentan.
Unos ciclistas y 'Milicianos de 1936' muestran la primera pintura de Modesto Ciruelos , premio en 1998, y dialogan con sus cuadros abstractos de los ochenta, con la original figura como lazo de unión.
Las beatas, la plaza del Coso de Peñafiel, las laderas de Tierra de Campos o la Colegiata de Toro demuestran que a José María Castilviejo, galardonado en el 2002, ningún tema le era ajeno y que conseguía transmitir con sus cuadros la esencia de los paisajes o la fuerza de las figuras. Como contraste, otro pintor, Cristóbal Gabarrón, premio del 2000, ha apostado claramente por el expresionismo abstracto de sus personales visiones de Nueva York.
El boceto para el mural de las Naciones Unidas que hizo Vela Zanetti en 1951 cierra el recorrido. Junto a él, un segador o 'El bodegón del sudor' muestran la fuerza de la obra de quien fue premiado en 1987.
Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios. Por favor valídate o regístrate. |